Llueve. Son más de las 12. Ya pasaron
365 días. No sonó el celular. No importa estoy escribiendo. Es un regalo para mí. Es como una final. Se ha vuelto cábala. Un año al que se adhiere madurez y se suma sabiduría. Un año aprendiendo
del saber de sus errores y de sus valores, aunque a veces sea complejo de
entenderlos en todo aquello que parece y no es...
Un año construyendo e hilvanando en el
camino. Pero sobre todo un año para agradecerle
al “man”, como le dice el Padre Linero a Dios, porque siempre será él quien
te dibuje la estabilidad.
Me pregunté: “¿por qué escribir sobre
un año más de vida?” Me respondí: “para recordar”. Y sí. Fernando Araújo lo
subrayó: “Escribir para plasmar lo que vivimos, para ponerle un sello a un
momento y decir esto fue lo que ocurrió, y esto fue lo que sentí y lo que pensé
mientras ocurría, y antes y después. Escribir para entender lo que hicimos y lo
que no y por qué fuimos incapaces de hacerlo”.
Seguimos con incertidumbre. Seguimos
aprendiendo. El camino es largo, lo más seguro es que haya tráfico. Hay muchas
cosas por descubrir. Seguiré siendo el ‘pelao’ preguntón. No hay que quedarse
con la duda. Ser minucioso. Ser minimalista.
Seguimos laborando y estudiando.
Nutriendo el alma. Hay hambre. Ojo con el bostezo, es apetito de alcanzar sueños
que antes estaban muy lejos. La epopeya está cerca.
Seguimos padeciendo por el fútbol. Seguimos disfrutando en familia. Seguimos.
Seguimos escribiendo, aunque siga
cometiendo errores, así sea para apartar del camino a aquellos que dicen en
tono rimbombante “se escribe así”. Es un sello en mi vida.
Seguimos firmes. Dedo pulgar arriba.
Bonus: Gracias Facebook. Hoy, muchos de los
que me ven por esta red, y hasta los que me conocen desde antes, no dejan pasar
el 9 de septiembre. Bueno, aunque una notificación les recuerde.

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